Estuve un tiempo, después de todo aquello, pegando en puertas, hablando con muchas personas, preguntando mucho y buscando respuestas.

Y, de repente, conocí a alguien que sería clave en este camino: Andrés Miguel Marín, del despacho El Abogado del Diablo. Con él iniciamos todos los trámites legales para intentar reconocer administrativamente la profesión de cortador de jamón. Fue una época maravillosa.

Poco después se unió a nosotros Juantxu Manzano, socio de Andrés en el despacho de abogados. Y qué pedazo de equipo formaban.

Andrés era la cabeza pensante; Juantxu, el pulmón. Arremetía con todo, con fuerza, con convicción y sin miedo. Dos buenas personas, sin duda. Durante aquel tiempo nos reunimos con muchísima gente. La respuesta casi siempre era la misma: ¿Cómo puede ser que esto no esté reconocido?.

Fue entonces cuando escuché por primera vez aquello de “reconocida como tal”, una frase que, en poco tiempo, acabaría haciéndose famosa entre nosotros.

Recuerdo también que me mandaron al INE, el Instituto Nacional de Estadística, para que viera cómo trabajaban y entendiera lo complicada que era mi petición. Allí comprendí que el camino no iba a ser sencillo. Mi plegaria, como yo la sentía entonces, tenía mucho más recorrido del que imaginaba.

En una de aquellas conversaciones, alguien me habló de la necesidad de crear una formación reglada y homologada. Y nos pusimos a ello.

De aquel esfuerzo nació el reconocimiento de la famosa ALTA EN LA ESPECIALIDAD DE CORTE DE JAMÓN, además de una experiencia piloto: un curso de 150 horas regladas por el INEM. Era un avance, sí. Pero seguía siendo insuficiente. El curso se impartió. Estuvo bien.

Podría haber sido un éxito mucho mayor si los políticos no hubieran pensado más en los votos que en la profesión, dirigiéndolo exclusivamente a personas desempleadas. La política, de una forma u otra, siempre ha estado presente en todo este camino y quizá por eso, con el tiempo, se reforzó aún más mi manera de sentirme: apolítico, aunque con mis propios ideales. Apolítico, sí, pero nunca indiferente.

Porque esto no iba de partidos, iba de dignidad profesional, iba de reconocer un oficio, iba de poner nombre, categoría y respeto a una profesión que ya existía en la calle, en los eventos, en las ferias, en los restaurantes y en la vida real.

La profesión de cortador de jamón, a la que tanto quiero y tanto me ha dado, estaba ahí. Solo faltaba que la Administración se atreviera a mirarla de frente y reconocerla como tal.

Después vino mi andadura en las asociaciones. Mi padre me dijo, solo no puedes y no se confundió. Da para otra entrada más de penas y alegrías. YO FUNDÉ ACOEX, es un buen título de la siguiente.


Escrito por Moisés Monroy García, con la dignidad del oficio por bandera.