Un día como hoy, 7 de abril, pero de 2013, todo empezaba a moverse. Me rondaba la idea de emprender un negocio de corte de jamón en Boulder, Colorado (EE. UU.) y una mezcla difícil de explicar entre ilusión y vértigo. No era solo un viaje; era un salto. De esos que no sabes si te van a sostener o te van a dejar suspendido en el aire durante demasiado tiempo. Yo solo tenía claro una cosa: quería hacerlo bien, tenerlo todo en regla, no dejar cabos sueltos y, sin embargo, había algo que no me daba tranquilidad alguna; mis herramientas de trabajo.
Puede parecer una tontería visto desde fuera, pero para mí no lo era. Eran parte de mi identidad, de lo que hacía, de lo que era capaz de construir con mis propias manos. Así que decidí ir a lo seguro. Me planté en la Comandancia de la Guardia Civil de Badajoz, en el departamento de Intervención de Armas, recuerdo bien el ambiente, ese silencio institucional, los pasillos largos, la sensación de estar en un sitio donde las cosas se toman en serio. Expuse mi caso, quizá con más nervios de los que me habría gustado admitir. La respuesta, al principio, fue casi tranquilizadora. “Normalmente no pasa nada”, me dijeron. Aquello no se consideraban armas blancas, sino herramientas de trabajo. Mientras estuvieran debidamente facturadas y bien empaquetadas, en Barajas —hoy Adolfo Suárez— no debería haber problema. Luego vino el “pero”; “En el país de destino… seguramente sí” y ahí fue donde todo se torció un poco por dentro.
Hasta que, en medio de aquella incertidumbre, un teniente de la Guardia Civil soltó una frase que se me quedó clavada: “Eso lo que tenéis que hacer es uniros todos los que os dedicáis a esto y que os den una licencia el Ministerio.” No era una solución inmediata, no me resolvía el viaje, no me despejaba el problema, pero me abrió una puerta mental.
Salí de allí pensando más de lo que había entrado. El camino a casa fue un ir y venir constante de ideas, de miedos, de escenarios posibles. ¿Y si tenía problemas en destino? ¿Y si perdía mis herramientas? ¿Y si todo aquello que estaba a punto de empezar se torcía antes siquiera de aterrizar? Pero también apareció otra pregunta, más silenciosa, más persistente: ¿Qué podía hacer yo con todo esto? A veces, los momentos que más nos incomodan son los que nos empujan a ver más allá de lo inmediato. A entender que no todo va de resolver el problema de hoy, sino de imaginar soluciones que todavía no existen. Aquel día no lo sabía, pero no solo estaba preparando un viaje, estaba empezando a pensar en algo más grande.
Ya en casa, todavía con la cabeza dando vueltas, decidí dar un paso más y llamé a Barajas. Al otro lado del teléfono, con bastante naturalidad, me dijeron algo que sonaba lógico… pero que, en la práctica, era otro muro más: “Tendréis que demostrar que os dedicáis a cortar jamón.”
Silencio…
Recuerdo perfectamente ese momento. Pensé: bueno, pues será cuestión de ir a por un papel y ya está. Así que, con esa ingenuidad tan necesaria cuando uno empieza algo, me fui a la Seguridad Social con una idea muy clara: que me dieran un documento que dijera, literalmente, que yo era “cortador de jamón”. Allí fue donde la realidad terminó de aterrizar, eso no existía, ni el documento, ni la categoría ni nada que se le pareciera. Eso sí, me explicaron todo el procedimiento, los caminos posibles, los encajes administrativos… y también, sin decirlo directamente, lo lejos que estaba todo aquello de ser sencillo y ahí, sin darme cuenta, empezó todo, porque lo que al principio era solo una preocupación —poder viajar con mis herramientas— empezó a convertirse en algo más grande. En una especie de misión improvisada, en algún momento una obsesión, en una necesidad de darle forma a algo que, simplemente, no estaba definido. Recuerdo que, a partir de ahí, cada vez que iba a una administración a preguntar por un epígrafe de actividad económica, hacía siempre la misma pregunta:
—¿Hay alguien gestionando esto ya? No quiero pisar nada ni entorpecerlo. La respuesta oficial era siempre la misma: no pero luego, casi como en voz baja, casi como si fuera un secreto a medias, siempre aparecía alguien que te decía: Bueno… esto ya lo está haciendo alguien desde hace mucho tiempo… y casi lo tiene, nunca sabías quién nunca sabías dónde, nunca estaba terminado o incluso “eso ya lo estoy haciendo yo”. No quería ninguna medalla, solo unirme a alguien para conseguir el bien común para mi sector, nunca fue, ni ha sido posible la unidad. Cosas de la farándula…
Entre papeles que no existían, categorías que no encajaban y caminos que parecía que otros ya habían recorrido sin llegar nunca del todo, fue tomando forma una etapa que, con el tiempo, se convertiría en una de las más bonitas de mi vida. Porque a veces todo empieza así: con un problema pequeño, con una puerta cerrada y con esa sensación incómoda —pero necesaria y qué suerte haber tirado por ahí.
En todo este tiempo han pasado muchas cosas. He aprendido más de lo que imaginaba, me he hecho a mí mismo a base de insistir, de equivocarme y de volver a intentarlo. Pero, sobre todo, he tenido la suerte de encontrarme con gente increíble por el camino. Amigos y amigas que hoy forman parte de lo que soy, personas que llegaron para quedarse y otras que, simplemente, dejaron su huella antes de seguir su rumbo. Todo eso también forma parte del viaje.
Da para mucho más, para muchas historias que aún me quedan por contar… pero eso será en otra entrada. Hoy ya se me ha hecho tarde, mañana hay que cortar paletas y hacerlo, además, en mi Badajoz querido.
Escrito por Moisés Monroy García, recordando como empiezan los retos y cómo se consiguen.