Pensaba que la felicidad tiene que ser una cosa muy grande. Un logro, una meta cumplida, un momento extraordinario. Pero con el tiempo he ido entendiendo que no. Que la felicidad, la de verdad, se esconde en lo cotidiano.

Me hace feliz ver a mi familia bien, saber que están tranquilos, que todo va como debe ir. No hace falta mucho más. Me hace feliz empezar nuevos proyectos. Incluso, o, sobre todo, con toda la incertidumbre que traen. Ese vértigo de no saber qué pasará, pero aun así avanzar, construir algo desde cero. Hay una energía ahí que me llena. Me hace feliz la risa de Merche, porque hay risas que no solo suenan, sino que iluminan y la suya es de esas.

Me hace feliz ver a Moi esforzarse por sus notas. No solo por el resultado, sino por el proceso, por las ganas, por la constancia. Eso tiene un valor enorme.

Me hace feliz ir seleccionando a quienes me rodean, porque hubo quienes escondieron su verdadera cara durante mucho tiempo y ahora se les ha visto. Aunque pueda parecer duro, eso también me hace muy feliz: entender, elegir, quedarme con lo que suma.

Me hace feliz cada día ser más yo, más fiel a lo que pienso, a lo que siento, a lo que soy y sí, también me hace feliz cortar jamón; ese momento casi ritual, de calma, de precisión, de disfrutar el tiempo sin prisa. Hay algo profundamente satisfactorio, para mí, en eso.

Me hace feliz enfrentarme a nuevos retos, democratizando aquello que otras veces se capitalizó, otras vías que no son las tradicionales y como nuevas vías que son no me dan miedo, me aparecen mariposas en el estómago que no son de amor si no de ganas incipientes.

A veces me pregunto ¿por qué es difícil de entender ese estado de felicidad? ¿por qué molesta? o ¿por qué se cuestiona? ¿será que no gusta…? Supongo que, al final, la felicidad no es una meta a la que llegar, sino una forma de mirar. Está ahí, repartida en momentos sencillos, esperando a que sepamos reconocerla.


Escrito por Moisés Monroy García, siendo feliz de forma más lenta.