El pasado fin de semana tuvimos la suerte de vivir el XVI Campeonato de España celebrado en Villanueva de Córdoba, en pleno corazón de la DOP Los Pedroches. Tres días intensos que, como siempre, se nos quedan cortos.

Lo primero que quiero destacar es la excelente acogida por parte de la organización, el Ayuntamiento de Villanueva de Córdoba y la DOP Los Pedroches. Cuando detrás de un evento hay implicación real, compromiso y cariño por lo que se hace, se nota. Y aquí se notó desde el primer minuto.

Comenzamos el viernes con la apertura institucional. Tuve el honor de compartir micrófono (ya sabéis, lo odio) con Isaac, alcalde de Villanueva, y con Juan Luis Ortiz, secretario general de la DOP Los Pedroches, nombré las jornadas en tono jocoso como “el sueño de Juan Luís Ortiz”. Un arranque que dejó claro el respaldo institucional y el orgullo de acoger un campeonato de esta magnitud en tierra de ibérico.

Después llegó uno de los momentos más enriquecedores del fin de semana: la masterclass de corte impartida por Pablo Martínez, Juanjo Masa y Desiderio Sebastián. Multitudinaria. Repleta de cortadores ávidos de aprendizaje, atentos a cada gesto, cada consejo, cada matiz. Ahí está el verdadero sentido del maestro: enseñar, compartir, formar. Todo lo demás sobra. Ver a profesionales con esa disposición a aprender y a maestros con esa generosidad para transmitir es, sencillamente, una maravilla.

La mañana del sábado nos llevó a una dehesa del Valle de Los Pedroches de 600 hectáreas, un auténtico paraíso donde conviven vacas retintas, ganado bravo y el rey indiscutible del entorno: cerdos 100% ibéricos de estirpe Torbiscal. Una estampa espectacular. Los animales hicieron acto de presencia durante unos veinte minutos; tal como llegaron, se fueron. Naturaleza en estado puro.

Como buen extremeño, amante del campo, reconozco que estas visitas multitudinarias —éramos más de 60 personas— me generan sentimientos encontrados. Disfruto enormemente del entorno, pero también pienso que, de algún modo, estamos irrumpiendo en su terreno. Aun así, los propietarios de la finca y ganaderos, Pedro y Aurora, nos trataron y nos explicaron todo de manera impecable. Cercanos, generosos y apasionados por lo que hacen.

Desde ese momento, la alegría de sentirme arropado por amigos hizo el resto.

La jornada continuó con la Asamblea General de Socios. Se habló de todo, largo y tendido, con libertad absoluta para expresarse y así es como debe ser una asamblea: un espacio de diálogo abierto, de intercambio sincero y de construcción colectiva. Anuncié que convoco elecciones para el año que viene, se cumplen 8 años desde que llegué y todos los objetivos que me marqué están cumplidos, me podría seguir marcando objetivos, pero la ilusión no es la misma. Este mes es clave para decidir sobre mi futuro aquí, los acontecimientos me hacen valorar apartarme y seguir en solitario los proyectos vivos. Sigo haciendo una valoración y reflexión profunda de si sigue valiendo la pena la continuación. Nadie puede poner en dudas, que casi me dejo la vida por ello… (léase en tono chistoso).

Más allá de los actos oficiales, las visitas, las reuniones o las decepciones (las hubo), me quedo con lo más importante: reencontrarme con compañeros que ya son amigos, compartir tiempo, risas, conversaciones y momentos de convivencia. Al final, estos encuentros son eso: aprendizaje, profesión, sí… pero también amistad.

Ese era el objetivo principal; crear un núcleo fuerte de unión de personas que casi rozara el tono familiar, lo conseguí y eso molesta. Estoy tranquilo, pero veo que hay personas que no les interesa ese núcleo, que les molesta e intentan separar a toda costa, con esas personas soy implacable, no en modo amenaza, ni mucho menos, las quiero lejos y así va a ser. Tiene que haber ruptura de lazos y distanciamiento, “solo lo que suma” que dice Merche.

El domingo la gran final, esa da para otro post pues aún no ha terminado. Las finales dan para 10 días posteriores más.

Como siempre, los tres días se nos quedaron cortos. Señal inequívoca; cuando algo se vive con intensidad y en buena compañía, el tiempo vuela.


Escrito por Moisés Monroy García, con el corazón lleno y el cuerpo agotado.